El sombrero de Vida
Novela de Augusto Cesar
A Vidalia Gutiérrez, la dama de los
sombreros
“No se puede amar al servicio militar sin detestar al pueblo”, Isabel Allende en De amor y de Sombra.
A Sor Juana Ixcot, amiga que me devela la realidad de mi país. A Mario Sarti, confidente del alma.
“La
desgracia se lleva en la sangre”, Isabel Allende en De amor y de Sombra.
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Fui a adherirme al Plan
Pastoral Juvenil de Zacualpa como instructor de Teatro. Me parecía una
coincidencia porque acababa de conocer a Cholopo e ingenuamente pensaba que
podían hilarse una serie de hechos y acontecimientos que pudiéramos hacer
teatro juntos. Pero el destino no se puede manejar antojadizamente. Sobretodo
cuando hay cuentas invisibles e inaudibles pendientes, lo cual era el caso de
Cholopo. Así que las primeras veces le pedía me acompañara en calidad de
auxiliar y aprovechaba yo, con su guía para conocer lugares cercanos. Nos
complementábamos muy bien en lo de la cátedra pero yo debía buscarle
mensualmente por todos lados para recordarle que debía ir a Zacualpa, lo cual
provocaba malestar entre ambos porque mis móviles eran profesionales pero los
de él de otra índole. Por ello, cuando llamé a Laura me preguntó si estaba
celoso de ella o no cuando lo que quería era que no quedara mal porque me hizo
quedar mal. Cuando me cansé y decidí poner las cosas en su lugar, literalmente lo eché del proyecto.
Recuerdo cuando llegué
a mi primer viaje de inspección a Zacualpa, citado por Sor Claudia Lara, joven
monja franciscana encargada del plan pastoral. Tomé el autobús de Ciudad de
Guatemala directo al lugar. A Cholopo, en una de nuestras habituales
discusiones por teléfono le dije que no llegara. Así que sólo hice el trayecto
de 4 horas y media. Al entrar al territorio del Departamento de El Quiché,
sobrepasar Chichicastenango y Santa Cruz de El Quiché empecé a notar el
desarrollo de la región, obligación que se habían impuesto instituciones
gubernamentales y no gubernamentales, nacionales e internacionales, como parte
de los Acuerdos de Paz que intentan reparar los errores del conflicto armado
interno.
Como coincidencia yo
pertenecía a las Mesas Intersectoriales de Cultura de Paz. Ocupé la plaza
representando varias instituciones culturales, gracias a la invitación de
Héctor Mario quien aún no se había convertido en mi director de teatro. Como
parte de las actividades de dichas mesas, recibí capacitación y las
Universidades Rafael Landívar y de San Carlos de Borromeo. Me diplomaron como
Agente de la Paz ,
lo cual llevó a designarme en otras naciones como Embajador de la Cultura de Paz, uno de los
títulos con los que me reconocieron desde el primer momento en Tegucigalpa,
Honduras.
Así como Cholopo no
podía manejar ni hilvanar antojadizamente su destino, así tampoco podía yo
hilvanar el mío. El destino me había llevado a Zacualpa para marcar mis días.
La primera impresión en el camino que lleva de Santa Cruz de El Quiché a
Zacualpa y pasa por la Laguna
de Lemoha, los poblados de Chinique y Chiché es de un hermoso paisaje en el que
se combinan bosquecillos de pinos, casas pintorescas, riachuelos cantarines,
humedad, cielo azul y aire puro y despejado.
Al llegar a Zacualpa,
bajé del autobús en el Parque Central donde esplende la antigua Iglesia. Lo
primero que hice fue observarla y, como me pasa siempre en cualquier poblado,
no resistí la tentación de entrar a admirar las esculturas patrimoniales.
Pregunté a Aurelio, el sacristán por las monjas y me condujo a una construcción
moderna donde estaban agrupadas varias de ellas. Sor Claudia salió a recibirme
y me dijo que me quedara en la sala porque ella atendía a miembros de la orden
provenientes de otros países en ese momento.
Me instalé en la sala y
fue allí donde conocí a Sor Juana quien instantáneamente se convirtió en mi
gran amiga. Confieso que por su porte gallardo y elegante y su gesto sencillo
pensé desde un inicio ella era la superiora, hasta que en una entrevista para
la radio ella aclaró que no era más que un miembro de la comunidad y que la
superiora era la monja de corte, sor Josefa.
Sor Juana posee un gran
sentido del humor. Con ella se la pasa uno siempre bien. Así que con toda
familiaridad y confianza empezamos a tratarnos....
-¡Llegó el instructor!
Y me imagino que quiere café porque yo he de contarle que hago un café
delicioso. Lo que no le recomiendo son los manjares que cocino porque todos
salen corriendo. Yo no sé cocinar.
Sor Juana empezó a
carcajearse y me invitó a pasar al comedor.
-Voy a hacer una cena
con personas que me caen mal y la invitaré a que usted sea el chef, dije
siguiendo la broma.
Entre broma y broma, Sor Juana me sirvió el exquisito
café y desde entonces la tacita se convertía en el ritual de bienvenida que
ella me daba al convento todos los meses cuando iba a dar instrucciones a los
jóvenes de Zacualpa.
Sor Juana aparenta menos años de los que tiene. Estoy
seguro que parte del secreto de su eterna juventud es su sentido del humor. Hay
un fraile que me dice Sor Sonrisa, me dijo iniciando con eso la historia de su
vida: Mujer, nacida en Santo Domingo Xenacoj en el seno de la étnia cakchiquel.
Hija de un matrimonio católico que procreó seis hijos, de los cuales la mayoría
son varones y la respetan como la autoridad religiosa que es.
-Al inicio mi papi se enojó cuando me vine al
convento. Pero mi hermano el psicólogo me alentaba en mi vocación para que yo
no me sintiera mal porque sólo mami me
apoyaba. Ahora él se siente orgulloso de mi y se da cuenta que la
exigencia de nietos se la satisfacieron sus otros hijos. Yo soy feliz en esto.
Esta es mi vida.
Juana heredó el conocimiento ancestral de su raza en
torno a las medicinas. Por ello, la congregación le encargó la clínica
naturista y el cultivo de plantas medicinales. Nunca estudió para lo que hace.
Mi abuelita, a veces, me guía en sueños... lo raro es que todos los pacientes
dicen sentirse mejor conmigo que en los hospitales o con los médicos. Creo que
la mejor medicina que les doy es el buen trato. Las enfermedades son del alma y
se manifiestan en el cuerpo.
Después del café, pedí a Sor Juana ir a la capilla y
ella me acompañó con gusto. Me entró a un espacio reducido. Sin decir nada,
esperó mi reacción pero como ciego en lo único que se centró mi atención fue en
una escultura de baquelita que simulaba una mujer con resplandor, obviamente la Virgen Maria , vestida
de indígena de Zacualpa con un niño amarrado a sus espaldas.
-Es la
Virgen de Zacualpa, dijo mientras se daba cuenta que mis ojos
iban al crucificado que tenía un brazo roto.
-Lo acaban de mandar a restaurar y lo dejaron así de
verde. No tiene un brazo porque el Ejército los descuartizó.
Sentí como que algo retorcía mi corazón, me dieron
ganas de llorar al ver que las paredes estaban manchadas. Oía en lo profundo de
mi ser gritos de hombres, mujeres y niños de todas las edades. De pronto, mis
pupilas se centraron en una especie de reposadera. Sor Juana al ver mis
reacciones, tomó la tapadera de la reposadera y la abrió. Allí había tierra
adentro.
-Aquí se iba la sangre porque lo que son nuestras
capillas eran cuartos de tortura que el Ejército usaba para diezmar al pueblo.
Esas manchas de la pared es sangre que se ha decidido conservar intacta para
preservar la memoria histórica.
Sentí que el cielo y la tierra se me juntaban
-Creo que no soy el indicado en estar aquí.
-¿Por qué? Dios nos tiene donde debemos estar.
-Yo desciendo de un guerrillero, dije explicándole a
Sor Juana mi origen.
A través de Sor Juana entendí que no todos iban a acusarme
de los errores que no fueran míos. Dulcemente, cambió el tema...
-No siempre las cosas son como uno las piensa. La
gente, por ejemplo, piensa que la
cosmovisión maya y el catolicismo son contrarios.
Sor Juana empezó a explicarme el paralelismo entre la
cosmovisión indígena y la filosofía
franciscana.
-Tienen en común la naturaleza, explicó. San Francisco
decía hermano Sol, hermana Luna, hermano Conejo... Para él sólo dos clases de
insectos eran desagradables. Los indígenas vemos a la Tierra y al Universo con
respeto. Somos parte de la naturaleza.
Otras explicaciones similares me dio Sor Claudia a la
hora de la cena. Nuestro interés primordial está en los jóvenes a los que
debemos rescatar e inyectar los valores propios de su cultura. Ella y Sor Juana
me explicaron que iba a trabajar con hijos del conflicto armado y que parte de
la misión sagrada del teatro era conservar la memoria histórica pero ayudar a
sanar las heridas del alma.
Cuando traje a colación mi filiación, Sor Claudia
explicó que eso no era importante sino lo que Dios me había puesto a mí a
hacer. Imagínese, dijo, yo soy nicaragüense, producto de la Revolución Sandinista
y estoy aquí paradójicamente en lo que ellos llamaban el Opio de los Pueblos.
¿Sabe qué es lo que hay que entender, Mario? Que la pobreza hay que desterrarla
pero desde sus orígenes. Y esos están en la pobreza moral y espiritual de los
seres humanos. En ningún otro lado, menos fuera de ellos. La pobreza se
aguanta. El hambre también. Hay cosas peores que el hambre y la pobreza: la
soledad, el vacío existencial, el sin
sentido de la vida... en fin... todo aquello que hemos dado en catalogar bajo
el título de Miserias Humanas. Si hay un hambre y una pobreza que matan a
nuestro pueblo son el hambre y la pobreza espiritual. Es la pobreza, material o
espiritual, lo que engendra el odio. El sentimiento de privación nos vuelve
celosos, malvados, rencorosos. Cuando alguien no manifiesta amor, nobleza o
generosidad, significa que interiormente es pobre y miserable.
Esa
fue la única vez que vi los ojos de Sor Juana chispear de tristeza. Una lágrima
rodó por su mejilla y yo, aún, al recordar mi llegada a Zacualpa, se me hacen
un nudo el corazón y la garganta porque me recuerdan mi egoísmo... que puedo convertirme
en Cholopo al no pensar en los demás... o al creer que todo puede usarse hasta
al hombre mismo y su dignidad.
Y si algo bueno me ha traído ese recuerdo es que fue
lo que me impulsó a probarme el sombrero azul cielo que Vidalia me envió de
Estados Unidos y que había pensado sólo como adorno sobre las almohadas de mi
cama: Recordando mi vivencia en la capilla de tortura y amargando mi alma, se me ocurrió hacerme reír
a mi mismo y me vi frente al espejo, tomé el sombrero y me lo puse. Allí me di
cuenta por qué Vida puso en la tarjetita, sobre la caja en la me lo envió desde
Estados Unidos aquel extracto del libro Eva
Luna de Isabel Allende: “...tuvimos la suerte de
tropezar con un amor excepcional y yo no tuve necesidad de inventarlo, sino
sólo vestirlo de gala para que perdurara en la memoria, de acuerdo al principio
de que es posible construir la realidad a la medida de las propias
apetencias...”. Después, la frase que no entendía si era un
imperativo, una instrucción o qué: “Que el Universo de este
sombrero te sirva para escribir... y para amar”. Empecé a comprender de qué se trataba.
Me
duché en la noche y al día siguiente para disfrutar el agua tibia del
apartamento del convento que Sor Claudia me había asignado. Ese día siguiente,
me desperté temprano al oír el concierto de pájaros y sentir aquel Sol puro y
sincero. En el desayuno, en la misma mesa donde tomamos café el día anterior
con Sor Juana estaban ella, Sor Claudia, las novicias Miriam y Karen y Sor
Josefa, la superiora. Tras las presentaciones a quienes no me conocían,
procedimos a comer en profundo silencio hasta que Sor Juana lo rompió.
-¿Escuchó
ruidos anoche?
-Si. Pero para mi es natural en construcciones de
madera.
-A mí se me olvidó prevenirlo que iba a escuchar
ruidos pero veo que le da lo mismo.
-Todo mundo se asusta al oírlos, dijo Karen, yo
estaba aterrada la primera vez que me quedé aquí.
-No veo por qué, dije yo.
-Todos piensan que son las almas de los que fueron
aquí torturados, dijo Josefa. Pero son sólo creencias.
-Son verdades Josefa, dijo Sor Juana muy seria. Y
usted lo sabe.
-Si pero personas como el Profesor Mario no tienen
por qué ser partícipes de ellas.
Empezaron entre todas a contarme que en el conflicto
armado, el Ejército mató a muchos misioneros y hombres de Iglesia. Se apoderó
de la Iglesia
y del convento y lo convirtió en centro de torturas. Tomó todas las imágenes y
las metió en una bodega con excepción del Cristo que, al no poderlo bajar del
altar en el que estaba de un machetazo, le quitaron el brazo. Al darse cuenta,
los oficiales que el pueblo le tenía miedo a la imagen mutilada la usaron
también como parte de la escenografía en las estrategias de tortura.
-Pero usted no ha entrado a la otra capilla, me dijo
Sor Josefa.
-Entraré la siguiente vez que venga cuando se me haya
ido la impresión de la primera.
-Tiene razón, dijo Sor Juana, porque la otra capilla
lo va a impresionar más.
Al regresar a casa y contarle todo esto a mi abuela
Lola, me dijo que lo que tenía que hacer a la siguiente es poner una veladora que
ella misma me compró en el Mercado San Martín, quemar incienso y pedir por la
almas de los que allí fueron torturados, por las que torturaron los
guerrilleros y el Ejército y porque Dios los perdone a todos. Esa ha de ser tu
misión m´hijo, me dijo más que convencida. Y así lo hice la segunda vez que
llegué al convento.
Esa segunda vez me acompañó Cholopo como asistente.
Nos juntamos en Ciudad de Guatemala y en el camino le conté que iban a
contratarme para hacer la obra de teatro La Travesti , lo cual me hacía estar en un asombro
casi constante por el simple hecho que pensé que sólo me querían como
dramaturgo -la obra es de mi autoría- pero decidieron que yo también hiciera el
papel como un regreso apoteósico a la actuación, oficio que no ha dejado desde mis
inicios en el teatro de caerme mal, razón por la que me especialicé en
Dramaturgia, Dirección, Crítica y Docencia haciendo que mi grupo, escuela e
ideas fueran muy respetadas en el medio cultural guatemalteco y reconocidas
como una buena institución en su género asimilando siempre proyectos novedoso
como el teatro para sordos, con deficientes mentales y ahora con hijos del
conflicto armado en Zacualpa, El Quiché.
Ahora lo recuerdo todo con claridad aunque ya no de
manera emotiva como antes. Para verlo con neutralidad me sirve ponerme el
Sombrero de Vida en el que reside el Universo completo. Veo con claridad
objetiva aquellas escenas de horror y genocidio y aunque no con indiferencia me
alejo de toda reacción emocional al ver hombres, mujeres, ancianos, embarazadas,
niños torturados, ensangrentados, destazados... destrozando la vida de toda una
comunidad... de toda una Nación...
Con el Sombrero de Vida puesto, entiendo mejor por
qué, algunos parecen odiarme cuando escribo objetivamente sobre estos temas...
pero no tienen razones. Lo que pasa es que el reproche es muy profundo: Por qué
yo y ellos han dejado trabadas en su garganta peores palabras. Piensan que
porque se trata de algo en lo que no debiera meterme. Que es morboso remover
heridas. Yo sé que no es por eso sino porque no llevan puesto el Sombrero de
Vida. CONTINUARA.
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Zacualpa, El Quiché, Guatemala. |