El sombrero de Vida
Novela de Augusto Cesar
A Vidalia Gutiérrez, la dama de los sombreros
“Sus caminos estaban trazados
desde el principio y no pudieron sino recorrerlos”, Isabel
Allende en De amor y de Sombra.
A Guillermo Núñez, por hacerme ver en sus ojos el cielo catracho. A Faustino Portillo, el guanaco, flores de lis en su tumba.
“Hay tiempo para todo, e
incluso hay tiempo para que los tiempos se junten”, Louis Pauwels y Jacques Bergier en El Retorno de los Brujos.
Jueves Santo. La Luna de Nisan termina de redondearse en el cielo
y el Sol de acercarse a la
Tierra para dar paso al día más caliente del año. Aquel que
se viste de santidad en el mayor acontecimiento cósmico de agonía, muerte, luz
y vida. Tras su último aullido, Cholopo convertido en cenizas de perro muerto
quedó atrás. El viento empezó a arrastrarlo aunque yo sabía era la Fraternidad de
Characoteles que lo llevaban a su destino final. Guillermo no podía decir
palabra alguna del susto. Entramos al Club y a la oficina donde de inmediato
divisé una carta sobre mi escritorio. Iba a tomarla cuando Guillermo me tomó
del brazo y me abrazó.
-Gracias por salvarme, dijo mientras con mis dedos le
quitaba las lágrimas que bajaban desde sus pupilas.
No dije nada porque no había nada que decir. Preferí
que el silencio acentuara aquella sensación de finalización de lectura o de
filme para cine o TV. Guillermo vio la carta y sonrió. Parece es de tu amiga
Vidalia porque los sellos son gringos.
Observé el sobre y le dije que no se equivocaba. Lo
abrí y leí en voz alta el contenido de la misma: Estimado
Mario, espero estés bien y disfrutando de la magia de la Montaña Roja del Sur
de Tegucigalpa allá en Honduras. Igual con la inspiración y el sombrero que te
envié. La verdad es que al ver la urgencia de respuestas para tus interrogantes
sobre el mismo es que te escribo muy brevemente.
No puedo
decirte más de lo que sabes en torno a su utilidad pero si de algo te sirve, te
cuento que María Antonieta, la reina decapitada de Francia tenía una modista
antes de la Revolución
llamada Mademoseille Bertin. Era igual de acuciosa que yo en sus confecciones.
Una vez, remozando con mano hábil un sombrero, exclamó: “No hay nada nuevo,
excepto lo que se ha olvidado”.
Por
supuesto que cuando me enteré del asunto, en lo primero que pensé es en lo que
dices en tus conferencias sobre Platón quien, según tú, decía que el hombre no
aprende nada. Al contrario, lo sabe todo. Basta que lo recuerde. Eso fue lo que
me inspiró para buscar uno de los diseños más estrafalarios en la sombrerería
de Mademoselle Bertin. Y encontré el que reproduje en el sombrero que te envié
y que tu has denominado El Sombrero de Vida porque a mí en vez de llamarme
Vidalia me nombran Vida, lo cual me gusta porque la vida es la vida aunque yo
sea yo. ¿Comprendes?
-Esa tu amiga es algo enredada para coser y para
escribir, bromeó Guillermo a lo que yo sólo sonreí.
-Recuerda
que los sombreros más que del que los hace o inspira son de quien se los pone.
Por eso en la nota que te envié, además de la nota de Isabel Allende, te dije:
Que el Universo de este sombrero te sirva para escribir... y para amar. Por
cierto, me alegro hayas guardado en tu libro de cabecera la tarjetita con dicha
leyenda y el fragmento de la novela Eva Luna: “...tuvimos
la suerte de tropezar con un amor excepcional y yo no tuve necesidad de
inventarlo, sino sólo vestirlo de gala para que perdurara en la memoria, de
acuerdo al principio de que es posible construir la realidad a la medida de las
propias apetencias...”.
Nunca
olvides donde está esa tarjeta porque todos tenemos la suerte de dichos
tropiezos pero de cada quien depende como se tropieza o si lo inventa o no... o
lo viste de gala para que perdure en la memoria. Y aunque parezca un precepto
mágico, es más una ley de la vida poco descubierta que es posible construir la
realidad a la medida de las propias apetencias.
Sabes
perfectamente que tus deseos siempre van a cumplirse. Los imposibles no existen
y que si estás en esa Montaña Roja del Sur de Tegucigalpa es porque construiste
tu realidad en forma de Montaña Roja del Sur de Tegucigalpa.
Salúdame el
cielo catracho en los ojos de Guillermo. Y a él, por supuesto.
Te extraña,
tu amiga Vidalia Gutiérrez.
Instantáneamente me hice la promesa de hacer la realidad
a la medida de mis apetencias porque sabía podía hacerlo. Pero necesitaba que
esta realidad fuera la
Montaña Roja del Sur de Tegucigalpa para hacer la
transmutación adecuada. Me empezaba a percibir a mí mismo otro que quizá nunca
existió pero que ya era un hecho. Guillermo
no dijo lo que pensaba decir. Prefirió responder el teléfono cuando
llamó el Gerente y propietario del Club a quien me lo comunicó inmediatamente.
Le pregunté si había llegado a su destino,
Belice me dijo que no. Que se quedó en San
Pedro Sula porque sintió ansiedad en el viaje. De Tegucigalpa a San Pedro se le
alteró la presión y tomó una pastilla. Cuando los paramédicos lo atendieron le
dijeron que no tenía nada. Al transbordar y empezar a moverse el avión empecé a
sentirme mal, me dijo. Así que le dije al piloto que detuviera el avión y me
bajé en medio de la pista. Así que ya no voy a Belice. Lo que es raro es que
desde que puse los pies en la pista siento algo en el pecho. Como si mamá
estuviera dentro de mí. Llego en un rato a Tegucigalpa. Adiós.
Al colgar, conté a Guillermo lo ocurrido y me puse a
observar el retrato de principios de los años 30 de la mamá del Gerente.
Siempre he admirado la esbeltez y elegancia de esa dama, pensé. Es raro, me
dijo Guillermo por los sueños que el Gerente ha tenido. Soñó a su madre, la del
retrato, que había venido al Club. Le dijo que para sacar lo malo había que
barrer de adentro hacia fuera y que dónde estaba la pomada que ella había
traído hace 40 días, fecha exacta en que su hija mayor ingresó al hospital
enferma de diabetes.
-En el fondo lo que ha de querer el Gerente es no
dejar a su hermana porque se ha de haber impresionado ayer que la vio en el
intensivo del Hospital. Están a punto de quitarle el resto del pie.
-Si Mario, pero no olvides que el mismo día que el
Gerente soñó a su señora madre, la vio bajar de las gradas del segundo al
primer piso. Y estuvo de testigo la huésped nicaragüense.
-Lo que no te he contado es que ella, la madre del
Gerente, en ese momento no estaba en el retrato.
-¿Quieres decir que se sale del retrato?
Aquella dama elegante se ve más atractiva porque fue
retratada junto a su hermana caminando por las calles de Tegucigalpa. El
movimiento da la impresión que el instante fue acaparado en aquella imagen. El
gesto de caminar fue perpetuado al igual que el roce del bolso colgando de su
hombro izquierdo. De acuerdo a las descripciones que el Gerente me ha dado de
ella, he llegado a entender que la inmovilidad no era para la dama y que ni esa
fotografía pudo capturarla. Lo contrario con la tía, quien prefería la quietud,
el reposo, el descanso, estar sentada y casi no moverse. Doña Lidia, en cambio,
es una mujer que ni la muerte detuvo y siempre estuvo presente, revoloteando
cual ángel alrededor de su hijo para ayudarlo siempre en los momentos que él
más necesitaba. En eso ni la muerte la detuvo.
Guillermo nunca opinó sobre aquello que dije. Como
siempre, se reservó al ver que aquellas cosas extraordinarias no lo eran para
mí. Ya sabía mi experiencia con mi padre, el guerrillero Calixto y sin duda
pensó que fantasía o realidad aquello era parte de mi constante “construir la realidad a la medida de mis propias apetencias”. De hecho todo lo que me acontecía, cotidiano
o no, ordinario o extraordinario, normal o paranormal, su mente científica y
racionalista así lo explicaba todo. En ese sentido, parece que la nota que Vida
me envió le servía más a él que a mí.
Guillermo se retiró poco antes que regresara el
Gerente quien de inmediato entró a sus
habitaciones. Todos percibimos un aire extraño en el ambiente. Pero nadie quiso
decir nada. Fue el alboroto de las 3 de la madrugada lo que dio sentido a todo
aquello. La hermana había muerto en el Hospital. Por ello, dijo el Gerente
llorando, sentía a mi mamá dentro de mí. Ella me obligó a quedarme. Siempre me
decía que en todos los sepelios yo debía representar a la familia y sobretodo a
ella. Quise compartir de inmediato aquella experiencia con Guillermo. Pero por
la hora, pensé no era prudente. Lo hice hasta que llamó a media mañana, después
que salió el Sol y el Gerente estaba ya en la funeraria cumpliendo con los
mandatos a su madre.
La difunta fue enterrada la mañana del Viernes Santo.
Pese a que el Gerente y su sobrina estaban muy cansados al regresar del
entierro, ella me dijo me preparara porque cumpliría su promesa de llevarme a
ver la procesión del Entierro de Jesús que sale de la Catedral de Tegucigalpa.
Nos iríamos a media tarde y mientras,
ella descansaría. Al notarla agotada
decidí ayudarla a limpiar y ordenar la
cocina. Mientras fregaba los trastos vino a mi mente una de las recetas de
cocina de aquella chica de apariencia sencilla e insignificante pero que,
diestra en las ciencias más cotidianas (limpieza, cocina y orden) se había
convertido en recipiendaria de la sabiduría más antigua y útil de la humanidad.
Una vez me dijo: Piensan que yo soy tonta porque no
soy ilustrada en aspectos universitarios... porque cuidé a mis hermanos cuando
quedamos huérfanos... porque toda mi
vida me la he pasado cocinando, haciendo limpieza, lavando ropa, arreglando
camas, fregando trastos... pero no saben que yo sé muchas cosas que otros no
saben. En efecto, aquella chica en medio de sus recetas, decía siempre: Ahora
si usted quiere esta receta para algo espiritual pues debe ponerle... (y aquí
venia el ingrediente).
Fue ella quien me enseñó que lavar trastos es una
forma trascendental de meditación. Por ello, mientras ella descansaba y yo la
ayudaba vino a mi mente el Vía Crucis que yo sacaba los Viernes Santos y que
ahora por no estar en Guatemala lo sacaría un delegado para el efecto y que
mucho tiempo atrás mi padre, el guerrillero Calixto, mucho antes que yo naciera
–murió antes que yo viniera al mundo-, participaba en la realización de uno.
Al concluir de fregar trastos recordé la receta de la
tortilla de harina. Se hace una mezcla de harina de
trigo, poquito de agua, poquito de polvo de hornear... se revuelve todo muy
bien. Se hacen bolitas. Se aplastan estas entre dos tablas pero antes se
colocan entre dos pedazos de plástico para que no se peguen a las tablas. Ya
aplastadas se fríen en una sartén con aceite. Pero si usted quiere llegar al
espíritu de la tortilla y seducir (la comida fue hecha para seducir, atraer o
matar) desee profundamente que esas ruedas sean círculos de amor en cuyo centro
estarán dando vueltas usted y esa persona alrededor de ese sentimiento. Si
usted sólo quiere amar o que sólo lo amen no piense en los lados de la tortilla
sino sólo en una de sus dos caras. Pero si quiere amar y ser amado no olvide
ninguno de ambos porque puede cometer un error muy grave del cual se
arrepentiría toda su vida.
Cuando sentí ya Flor de Lis se había arreglado y
fuimos al Entierro de Jesús que moría ese día a las 3 de la tarde. Nos dejaron
entrar al balcón del Palacio Municipal para tomar las respectivas fotografías y
desde allí divisamos cómo la
Plaza Central de Tegucigalpa se tornaba un hormiguero de
gente que, poco a poco, se congregaba. De pronto, empezaron a salir las andas,
reminiscencia de la cultura española conquistadora. En una de ellas, la imagen
de Jesús muerto después del suplicio de El Calvario. Atrás, la banda, un grupo
de diecinueve ángeles y la Virgen María
llorando, con las manos entrelazadas a la altura del pecho, un resplandor de
castidad y el puñal en el corazón, símbolo del dolor eterno de cualquier madre.
Vinieron a mi mente todos aquellos hombres muertos y
mutilados por el Ejército y la guerrilla en mi país y todas aquellas mujeres
que, siendo madres o no, quedaron desamparadas. Una de ellas, la Premio Nóbel que
hacía gestiones en España para que militares fueran enjuiciados. El punto
central de sus gestiones es la quema de la Embajada española, en la cual murió Vicente, su
padre. Claro que a la Premio Nóbel
le falta la estética nata de mestizas, españolas, blancas y criollas para
aparentar ser una Virgen pero su dolor y ansiedad es el mismo y emblema de
todas las mujeres víctimas de la guerra en mi país.
-¿En qué piensa Mario?, me dijo Flor de Lis.
Al contarle, me dijo que le parecía que era mejor me
olvidara de todo aquello. Para ello, la receta de la torta de huevo y arroz le
puede ayudar. Revuelve
el arroz del día anterior en huevo, lo pone en una sartén a freír. Pero
mientras hace el revoltijo debe cerrar los ojos y apretarlos bien y decir
varias veces que se me olvide, que se me olvide, que se me olvide lo que usted
quiera olvidar. También sirve para recordar cosas que la memoria ha sacado de
la cabeza. Así es como yo he
podido encontrar hasta las llaves perdidas de la casa. O me olvido de la forma
ofensiva en que mi tío me trata a veces.
-Muchos piensan que el guaro hace olvidar, dijo Flor
de Lis. Pero el guaro es un demonio que se alimenta de recuerdos y como es muy
glotón pide siempre más y más y si usted se da cuenta ningún bolo olvida sus
penas como se aseguran a sí mismos o le aseguran a los demás es la motivación
de su vicio. Y mire cómo son las cosas porque cuando era niña yo si era tonta
aunque la gente cree me quedé tonta pero usted sabe que no lo soy... pero yo de
pequeña al serlo creía que la
Virgen tenía que olvidarse también de sus dolores y el
Viernes Santo le traía siempre una torta de arroz y huevo. El viejo mañoso de
guía del anda, me la recibía y qué si él se la comía. Cuando llegaba yo al día
siguiente a recoger mi plato, me lo daba bien limpiecito y me decía que la Virgen se lo había comido.
Entonces por qué sigue llorando, le decía yo al ver la imagen. Ah es que así le
gusta a ella, me decía.
Yo dejé de ser tonta como a los quince años. Era bien
bonita y tenía las nalgas bien puestas pero no sabía nada de sexo. El último
Sábado de Gloria que llegué a traer el plato vacío, me dijo el guía de anda que
estaba colocado bajo las andas y que me metiera a traerlo allí abajo. El muy
pícaro lo que quería era verme el calzón. Ni bien me agaché, me agarró por la
cintura y me bajó el calzón un poquito. No cabe duda que el instinto es el
instinto porque no me dieron ganas de que me lo subiera sino de que me lo
bajara más. Así que no protesté para nada. Y me empezó a sobar las nalgas y a
jalarme deliciosamente los pelos de la vulvita. Primero me sentí incómoda pero
luego luego me dio cosquillas y de allí sentí bien bonito.
El viejo se metió bajó el anda y me jaló. Me dijo que
la Virgen
quería recompensar los platos que le había llevado todos esos años y le pidió a
él me hiciera disfrutar. Y vaya si no... Ya se imagina usted lo que pasó y
desde entonces me gustó el sexo. La gente piensa que soy tonta y que no puedo
pero de tonta no tengo nada. Por eso aquel día, mi tío me echó de la casa
cuando me agarré a uno de sus amigos en una de las fiestas que él preparó. Pero
luego se le pasó y me volvió a llamar para que volviera a servirle. Me
convenció diciéndome que era su sobrina favorita aunque lo que quería era tener
alguien a quien tratar mal y echarle la culpa de todo.
Pero yo me desquité cuando le quité a su amante el
señor Elefante. Me lo metió al cuarto para aparentar... Esta es una tonta y
este es un hueco, dijo mi tío el Gerente. Pero ni el señor Elefante es hueco ni
yo tonta. Y hasta mi tía madre, la mamá de mi tío, la que se sale del retrato a
caminar por el Club estaba contenta porque siempre dijo: Esta pobre Flor de Lis
es tan tonta que ni marido va a encontrar. Cada vez que me lo decía me acordaba
de todos los hombres que se me han metido a mi vulva desde aquel Sábado de
Gloria de aquel año cuando preparé por última vez la torta del olvido que me
gustaría usted prepara para que se olvidara de las masacres de su patria. Ahora
si no quiere, por lo menos piense que no sólo en Guatemala ha habido masacres. Aquí
en Honduras tuvimos las nuestras también. Mi otro tío, el hermano del Gerente
fue guerrillero de los buenos. No, si usted no crea que yo no soy tan tonta
como parezco… bien que sé todo de todo. Y la cólera que da es que hay otro tipo
de masacres de las que nadie dice nada de nada: Cuando fumigamos la cocina se
mueren miles de cucarachas y hormigas. Y al limpiar el jardín, los zompopos son
las víctimas. Dicen que en el Ártico matan a las focas por docena y en Noruega
es a las ballenas a las que masacran. Los cazadores dejan huérfanos por todas partes del mundo y nadie dice nada.
No si yo me hago la tonta. Pero no lo soy. Sé muchas cosas que nadie sabe que
yo sé.
Regresamos al Club. Cenamos. Nos acostamos pero yo no
pude conciliar el sueño de inmediato gracias al calor y la cortina de zancudos.
De pronto escuché los gemidos de una mujer a quien le hacían el amor. Sonreí.
Comprendí de inmediato que era Flor de Lis acurrucada en el moco del Señor
Elefante, sostenida por sus brazos de los colmillos de marfil con sus piernas abiertas para que con la lengua
vibrara toda su feminidad. No me costó imaginármelo.
Pero Flor de Lis no sólo sabía de cocina. En todo lo
que hacía había secretos y filosofía. Al ir al Supermercado, por ejemplo hacía
la travesía de la vida. Mi tío no sabe vivir porque todo lo que toma lo
devuelve después. Para no gastar, dice. En cambio yo, llevo una lista, tomo lo
que necesito y salgo de inmediato. Eso es saber vivir. Aunque la gente piensa
que soy tonta porque a veces pido me envuelvan para regalo el jabón para lavar
ropa o trastos y me lo regalo a mi misma. Otro ejemplo que podemos dar es en el
arte de hacer la cama. Flor de Lis asegura que si uno quiere ser feliz no debe
poner los cojines siempre en el mismo lugar. En los pies, es muy divertido,
asegura.
-Quiero hacer un trato con usted, me dijo una vez
Flor de Lis. Voy a enterrarme para que crean soy tonta. Pero lo que haré será
deshacerme de mi tío quien, al creerme muerta, me dejará en paz de una vez por
todas. Yo a cambio de su silencio, Mario, vendré a instruirlo en los secretos
de los quehaceres domésticos que sé y parte de sus exámenes será la comida que
prepare y que degustaré yo.
Acepté con gusto y pronto Flor de Lis fingió morir.
Fue enterrada en el jardín del Club justo en el lugar donde su tío, en honor a
ella sembró una flor de lis. Sólo el señor Elefante y yo supimos la verdad. De
mi nadie se sorprendía cuando decía tenía comunicación telepática con ella
desde el más allá pero del Señor Elefante si. Parece le dio un ataque de
castidad y ya no tomó mujer. De la tristeza de haber perdido a mi sobrina,
decía el Gerente pensando se había librado de su rival en la cama, ya ni se le
para el moco.
Al día siguiente del sepelio figurado de Flor de Lis
llegó al Club una carta para mí. Era de la Corte Española
donde se me pedía mi colaboración para declarar en el juicio en contra de militares
de Guatemala. De inmediato llamé a la Embajada de España en Tegucigalpa y se me explicó que no era un citatorio y si
quería no iba. No era de carácter obligatorio y no utilizarían las vías
diplomáticas para presionarme como lo estaban haciendo con los otros testigos.
Además, me dijo el Canciller español, puede aprovechar su estancia allá. Me
habían investigado y sabían yo iría a España al estreno de mi nueva obra de
teatro. Por eso consideraron mi participación. De lo contrario ni lo hubiéramos
tomado en cuenta, aseguró mi interlocutor. No cabe duda, pensé, que el destino
trazó nuestros caminos desde el principio y no debíamos ni podíamos hacer más que
recorrerlos. Por otra parte su declaración no será tomada desde el punto de
vista legal, social o político sino
moral. Esas son las instrucciones que tuvo el jurado.
Al contárselo a Guillermo, estaba feliz porque
precisamente él iba a aprovechar mi ida a España para concretar una visita que
tenía pendiente. Me muero por ver tu obra que por atrevida sólo en España
aceptaron los productores estrenarla. Pero Europa es Europa. Guillermo tenía
planes de quedarse para completar su especialización científica. El Gerente al
enterarse nos ofreció la casa que tenía disponible en Madrid para que
estuviéramos más cómodos. CONTINUARA.
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Ella es América Canales a quien el autor considera su amiga monumento hondureña e inspiración como ocurre en esta novela donde la mítica Nivia, de esta tercera parte.
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